Cualquier día de estos, al encender la televisión, abrir el periódico o echar un vistazo rápido al móvil, nos asalta el mismo decorado de siempre. Políticos de uno y otro bando se lanzan acusaciones cruzadas, descalificaciones y ataques personales como si en ello les fuera la vida. Pareciera que el objetivo ya no es proponer ideas mejores ni debatir sobre cómo solucionar los problemas reales de la calle, sino reducir al rival a la mínima expresión, pisotearlo y dejar claro que el contrario no es solo alguien que piensa diferente, sino poco menos que un enemigo público.
Lo triste no es que lo hagan, porque a estas alturas casi forma parte del paisaje. Lo verdaderamente preocupante es que parecen no darse cuenta de una realidad muy simple que salta a la vista: solo los fanáticos les siguen los pasos.
Sí, esa legión de acérrimos dispuestos a aplaudir cualquier ocurrencia, a justificar lo injustificable y a celebrar el insulto con una sonrisa en la boca. Pero los fanáticos, por mucho ruido que metan y por muy estruendosas que sean sus redes sociales, no dejan de ser una minoría. Ruidosa, eso sí, pero minoría.
Fuera de ese círculo de aplausos fáciles hay una inmensa mayoría de ciudadanos que asiste a este espectáculo diario con una mezcla de vergüenza ajena y profundo hastío.
La gente común —la que madruga todos los días, la que hace malabares para llegar a fin de mes, la que se preocupa por su familia y por sacar adelante su pequeño mundo— está profundamente asqueada. Asqueada de unos y de otros. De los que se rasgan las vestiduras desde un lado y de los que replican exactamente con las mismas malas artes desde el lado opuesto. Porque cuando la vida pública se convierte en un patio de colegio lleno de gritos y descalificaciones, el ciudadano de a pie se desconecta, y con toda la razón del mundo. Nos empujan a la polarización porque les interesa dividirnos; al fin y al cabo, un entorno enfrentado es mucho más fácil de manejar.
Pero quedarnos solo en la queja o en el diagnóstico de lo mal que están las cosas no nos lleva a ninguna parte. Frente a este desgaste constante, no podemos cruzarnos de brazos esperando a que cambien los de arriba. El cambio real, el que de verdad importa, empieza siempre desde abajo, en nuestro propio metro cuadrado.
Si de verdad deseamos una convivencia honesta y constructiva, creo que nos toca poner de nuestra parte con gestos muy cotidianos:
Apagar el amplificador del ruido: No compartas, no comentes con rabia ni des visibilidad en tus redes a lo que solo busca insultar o crispar. El negocio del enfrentamiento vive de nuestra atención; en cuanto dejamos de mirarles, pierden su poder.
Recuperar la escucha: Volvamos a conversar con los que piensan diferente sin verlos como amenazas. Escuchar para entender, y no solo para responder o ganar una discusión, es el primer paso para desarmar cualquier tensión.
Cuidar los espacios de encuentro real: Apoyemos las iniciativas locales, las asociaciones, la vida de nuestros barrios o los proyectos donde las personas nos miramos a los ojos más allá de las siglas. En el día a día real descubrimos siempre que tenemos mucho más en común de lo que nos cuentan.
Premiar el sentido común: Consumamos, leamos y demos valor a lo que promueve el respeto y la concordia. Demostremos con nuestras pequeñas elecciones diarias que la mesura también interesa.
Educar con el ejemplo: En casa, con los amigos o en el trato diario, rechacemos la trampa de que "o estás conmigo o estás contra mí". Enseñar que discrepar con educación es sano es el mejor legado que podemos dejar.
Construir un entorno mejor no depende de que cambien los que gritan en las tribunas, sino de que nosotros decidamos no entrar en su juego. Ya va siendo hora de apagarles el megáfono mental y seguir en lo nuestro: buscando espacios de paz, cuidando nuestra comunidad desde el respeto y demostrando que la cordura, afortunadamente, sigue muy viva en la calle.

Gracias hermano. Muy buena tu reflexión y muy cierta. Es motivo de mi reflexión y pido a Dios hacer realidad con nuestra vida lo que aquí comunicar con profundidad. Un fuerte abrazo. Me comprometo a empezar por casa... a evaluar mis actitudes y buscar vivir desde lo que merece la pena...
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