lunes, 14 de septiembre de 2026

El faro frente al algoritmo


El faro frente al algoritmo

Tuve una empresa. La perdí. No por un fallo de cálculo ni por mala suerte del mercado, sino por algo más difícil de confesar: me dejé llevar por la pasión más que por la cabeza, y eso tiene un precio. Lo pagué entero. A los 70 años he tenido tiempo de mirar atrás y sacar una conclusión que no está en ningún manual de gestión: lo único que quedó en pie cuando lo perdí todo no fue nada que tuviera en el balance. Fueron los principios con los que me levanté al día siguiente.

Cuento esto porque es la razón por la que enciendo este faro cada semana, y porque es también la razón por la que desconfío del pánico que se ha instalado últimamente con la inteligencia artificial.

Geoffrey Hinton, uno de los padres del aprendizaje profundo, dejó Google en 2023 diciendo que se arrepentía de parte de su trabajo. Su miedo no es que una máquina "despierte" o sienta algo. Es más simple: un sistema que persigue un objetivo, sin ningún tipo de conciencia, puede hacer mucho daño si ese objetivo está mal puesto o si nadie le marca un límite. Esa advertencia hay que tomársela en serio.

Pero cuidado, porque es fácil quedarse con el argumento equivocado. Casi ningún experto serio dice que la IA sea peligrosa porque "sepa lo que es vivir" o vaya a sentir algo parecido al cariño. Eso no es lo que preocupa a gente como Hinton o Stuart Russell. Lo que preocupa es la capacidad, no la experiencia. Y responder a eso apelando a que "las máquinas no tienen alma" no contesta a la pregunta real. Yo tampoco tenía alma en mi cuenta de resultados, y aun así la empresa se hundió.

La solución tampoco es solo técnica. Después de reconstruirme, sé que también es una cuestión de qué espacios mantenemos vivos fuera de la pantalla.

Un faro no apaga la tormenta. Se limita a estar encendido en el sitio correcto, y eso ya es suficiente para que alguien no se estrelle contra las rocas.

Si algo he aprendido a defender desde que empecé de cero, es esto:

    • El tiempo que no se puede comprimir. Reconstruir una vida no se hace en un trimestre. Ningún algoritmo acorta el duelo de perderlo todo ni acelera el aprendizaje que viene después.
    • El criterio que no se delega. Usar una herramienta para ordenar ideas está bien; yo mismo la uso para escribir mejor. Pero decidir qué es justo, o a quién le debo lealtad, eso no lo delego en nadie, y menos en un sistema.
    • La vida colectiva que no cabe en una app. Cuando lo perdí todo, lo que me sostuvo no fue una plataforma. Fueron personas concretas, de carne y hueso, en sitios concretos.
    • La presión organizada, no solo la queja privada. Los límites a la explotación laboral no llegaron porque la gente se quejara en casa, sino porque hubo quien se organizó para exigirlos. Con la IA toca lo mismo: transparencia exigida, no buena voluntad prometida.

Las empresas que hoy desarrollan estos sistemas no son mis enemigas. Yo también fui empresario y sé que un negocio necesita ganar dinero para sobrevivir. Pero eso no las convierte en autoridad moral, y hay que tratarlas como lo que son: actores que deben rendir cuentas a las personas, no al revés.

La pregunta no es si una máquina va a calcular más rápido que yo. Ya lo hace, y en muchas cosas lo seguirá haciendo. La pregunta que de verdad importa, la que me hice sentado con lo poco que me quedaba tras cerrar la empresa, es otra: qué principios sostienen a un ser humano cuando ya no le queda nada material. Esa pregunta no la responde ningún algoritmo. La respondo yo, cada día, encendiendo este faro.

Y tú, si alguna vez se te vino abajo algo que creías que era tu vida entera, ¿qué fue lo que realmente te sostuvo? Me gustaría saberlo, con calma, en los comentarios.


 

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