jueves, 21 de agosto de 2025

 



Cuando el humo nos ciega: Lecciones de la impotencia

A veces la vida nos golpea de una manera tan brutal que nos deja sin aliento. Un día estás caminando por un sendero conocido, sintiendo la brisa familiar, y al siguiente, el cielo se tiñe de un naranja antinatural. El aire se vuelve denso, cargado de humo y el olor a tierra quemada, y te das cuenta de que lo que conocías, lo que amabas, está en riesgo.

Es una impotencia que quema por dentro. La misma que sentimos ahora en Galicia, con nuestra tierra devorada por las llamas. La misma que nos atenaza cuando las noticias nos bombardean con imágenes de devastación y la única opción parece ser mirar desde la distancia, con un nudo en el estómago.

Esta sensación no es ajena para mí. En mi propia vida, he visto cómo las cosas que creía sólidas se desmoronaban, a veces por causas ajenas a mi control. Aquellos momentos en los que el fuego avanzaba, metafóricamente hablando, y yo no tenía un extintor en la mano. ¿Por qué? Porque rara vez estamos preparados para el desastre.

Nos pasamos la vida construyendo, planificando, pero a menudo olvidamos algo crucial: la prevención. No hablo solo de tener planes de emergencia, sino de preparar nuestro espíritu. De entender que, en la existencia, las rachas de viento inesperadas pueden avivar cualquier chispa de problema, convirtiéndola en un infierno.

He aprendido, a golpe de realidad, que la falta de preparación es una de las mayores lacras de nuestra existencia. Ya sea un revés económico, una crisis personal o, como ahora, una catástrofe natural, la ausencia de un plan, por más básico que sea, nos deja a merced del caos. Nos volvemos vulnerables, y esa vulnerabilidad se transforma rápidamente en desesperación.

El juego de las culpas

Y en medio de todo esto, surge otro reflejo humano tan dañino como el propio fuego: el juego de las culpas. Es muy fácil señalar con el dedo, buscar un culpable, sea el vecino que no limpió su monte, la administración que no invirtió lo suficiente, o la situación misma. Nos enzarzamos en una guerra de reproches mientras las llamas siguen avanzando.

Este mecanismo lo conozco bien. Hubo un tiempo en mi vida en el que, en lugar de asumir la responsabilidad de mis fracasos, me limitaba a culpar a los demás o a las circunstancias. Me decía a mí mismo que no era mi culpa, que la situación me había superado. Sin embargo, por más que señalaba a otros, era yo quien pagaba las consecuencias, quien cargaba con el peso de la derrota. Al final, el fuego no se apagaba, solo se esparcía.

Afrontar el futuro

Pero, ¿qué podemos hacer cuando ya estamos en medio del fuego? La respuesta es difícil, pero existe. Primero, reconocer la impotencia. Aceptarla sin que nos paralice. Luego, buscar qué podemos hacer, por pequeño que sea. Tal vez no podemos apagar el incendio con nuestras propias manos, pero podemos ofrecer una palabra de aliento, un poco de ayuda o simplemente estar ahí para quienes lo han perdido todo.

La vida nos enseña de la forma más dura que no podemos controlar el viento, ni la dirección de las llamas. Pero sí podemos preparar nuestro terreno mental. Podemos aprender a reconocer las primeras señales de humo, a tener una reserva de fortaleza, a cultivar la resiliencia y, sobre todo, a asumir nuestra parte de responsabilidad.

Los incendios que ahora vemos en nuestros bosques nos recuerdan esta lección con una dolorosa claridad. No podemos controlar lo que está afuera, pero sí podemos gestionar cómo respondemos a las crisis. Y en esa respuesta, por pequeña que sea, reside la única forma de no dejarnos consumir por la impotencia.





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