Cuando el humo
nos ciega: Lecciones de la impotencia
A veces la vida nos golpea de una manera tan
brutal que nos deja sin aliento. Un día estás caminando por un sendero
conocido, sintiendo la brisa familiar, y al siguiente, el cielo se tiñe de un
naranja antinatural. El aire se vuelve denso, cargado de humo y el olor a
tierra quemada, y te das cuenta de que lo que conocías, lo que amabas, está en
riesgo.
Es una impotencia que quema por dentro. La misma
que sentimos ahora en Galicia, con nuestra tierra devorada por las llamas. La
misma que nos atenaza cuando las noticias nos bombardean con imágenes de
devastación y la única opción parece ser mirar desde la distancia, con un nudo
en el estómago.
Esta sensación no es ajena para mí. En mi propia
vida, he visto cómo las cosas que creía sólidas se desmoronaban, a veces por
causas ajenas a mi control. Aquellos momentos en los que el fuego avanzaba,
metafóricamente hablando, y yo no tenía un extintor en la mano. ¿Por qué?
Porque rara vez estamos preparados para el desastre.
Nos pasamos la vida construyendo, planificando,
pero a menudo olvidamos algo crucial: la prevención. No hablo solo de tener
planes de emergencia, sino de preparar nuestro espíritu. De entender que, en la
existencia, las rachas de viento inesperadas pueden avivar cualquier chispa de
problema, convirtiéndola en un infierno.
He aprendido, a golpe de realidad, que la falta
de preparación es una de las mayores lacras de nuestra existencia. Ya sea un
revés económico, una crisis personal o, como ahora, una catástrofe natural, la
ausencia de un plan, por más básico que sea, nos deja a merced del caos. Nos
volvemos vulnerables, y esa vulnerabilidad se transforma rápidamente en
desesperación.
El juego de
las culpas
Y en medio de todo esto, surge otro reflejo
humano tan dañino como el propio fuego: el juego de las culpas. Es muy
fácil señalar con el dedo, buscar un culpable, sea el vecino que no limpió su
monte, la administración que no invirtió lo suficiente, o la situación misma.
Nos enzarzamos en una guerra de reproches mientras las llamas siguen avanzando.
Este mecanismo lo conozco bien. Hubo un tiempo en
mi vida en el que, en lugar de asumir la responsabilidad de mis fracasos, me
limitaba a culpar a los demás o a las circunstancias. Me decía a mí mismo que
no era mi culpa, que la situación me había superado. Sin embargo, por más que
señalaba a otros, era yo quien pagaba las consecuencias, quien cargaba con el
peso de la derrota. Al final, el fuego no se apagaba, solo se esparcía.
Afrontar el
futuro
Pero, ¿qué podemos hacer cuando ya estamos en
medio del fuego? La respuesta es difícil, pero existe. Primero, reconocer la
impotencia. Aceptarla sin que nos paralice. Luego, buscar qué podemos hacer,
por pequeño que sea. Tal vez no podemos apagar el incendio con nuestras propias
manos, pero podemos ofrecer una palabra de aliento, un poco de ayuda o
simplemente estar ahí para quienes lo han perdido todo.
La vida nos enseña de la forma más dura que no
podemos controlar el viento, ni la dirección de las llamas. Pero sí podemos preparar
nuestro terreno mental. Podemos aprender a reconocer las primeras señales
de humo, a tener una reserva de fortaleza, a cultivar la resiliencia y, sobre
todo, a asumir nuestra parte de responsabilidad.
Los incendios que ahora vemos en nuestros bosques
nos recuerdan esta lección con una dolorosa claridad. No podemos controlar lo
que está afuera, pero sí podemos gestionar cómo respondemos a las
crisis. Y en esa respuesta, por pequeña que sea, reside la única forma de no
dejarnos consumir por la impotencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
"¡Hola! Gracias por tu comentario. Si no tienes cuenta de Google, por favor escribe tu nombre al final de tu mensaje para que sepa quién eres antes de publicarlo. ¡Un abrazo!"